Visualizo a mi cerebro como a una criatura de tres años que está escondida detrás de una puerta, está asustada, tiene miedo. No entiende lo que ocurre, le llegan ruidos, voces que le transmiten miedo y terror, quiere gritar.
Me acerco a mi cerebro con delicadeza, de la misma forma que lo haría con una criatura asustada. Me pongo a su altura y le hablo con dulzura para no asustarlo más. Lo envuelvo entre mis brazos y lo reconforto con palabras de cariño.
Durante muchos años mis niveles de ansiedad estuvieron altísimos. Un día “cogí” a mi cerebro y le dije que no tuviera miedo, que yo no me iba a suicidar nunca, que aceptaba vivir hasta que llegara la muerte de forma natural. Para mi sorpresa a partir de ese momento los niveles de ansiedad cayeron en picado. Empecé a dormir 5 horas de un tirón. Me empecé a sentir mejor, más relajada y tranquila.
La ansiedad no se encuentra (en mi caso), ni en tiempo pasado ni en futuro, es decir, cuando recuerdo lo que hice ayer o hace un año, entre mis recuerdos no se haya el haberlo pasado mal a causa de la ansiedad, y cuando planifico lo que haré mañana o dentro de un año, no siento el miedo a sufrir ansiedad. Eso hace que la ansiedad sólo exista en tiempo presente, en el aquí y ahora. Ser consciente de ello me ayudó a gestionarla.
El poder comunicar a una persona de confianza que lo estoy pasando mal a causa de la ansiedad me ayuda a bajarla. Es importantísimo que la persona entienda que no debe preocuparse, con un simple guiño de complicidad es suficiente.
Rosa Garcia, alias Chica Asteri.


